Hace unos días un amigo, luego de leer mis posts, me dijo: “Oe, osea que eras un gil desde siempre; también eras un quedadazo de chibolo seguro”…
Hice memoria y sí pues, también en mi época de infancia fui un timidón y quedado con las niñas; trataré de hacer un recuento de la historia de mi infancia, mi adolescencia, incluso de mi juventud y mis incursiones o situaciones, digamos huidizas, tardías, quedadas y frustradas con las niñas y no tan niñas.
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Era aproximadamente 1982, yo tendría 7 años; era el matrimonio de mi tía, hermana de mi mamá, recuerdo que 2 amiguitas y yo éramos los que llevaban la cola y los aros de la novia; estaba con mi ternito blanco y corbata michi roja; Maricielo y Maciel traían puestos sus respectivos vestiditos blancos, las dos con los hombros descubiertos y sus guantecitos blancos; muy lindas las dos (ahora sé por qué tengo cierto fetiche con las mujeres con los hombros descubiertos); mis manos sudaban copiosamente estando en el medio de esas dos niñas que me miraban y me sonreían como diciéndome “qué bonito que estemos aquí”; yo las miraba, sonreía, luego miraba a mi mamá implorando en mi mente: “¡No quiero estar aquiiii!” …
Recuerdo que en el transcurso de la recepción de la boda no había ido ningún amiguito con quién jugar, ¿no los tendría? , yo sólo quería estar con mi mamá, pero ella quería estar con sus amigas, yo no sabía qué hacer; recuerdo que me senté en una silla y comencé a jugar alrededor de ésta; también me servía de escondite y fortín contra Maricielo y Maciel que venían continuamente para jalarme a bailar o invitarme alguna que otra golosina; literalmente me jalaban, yo me agarraba con la otra mano de la silla y me resistía a salir; ellas me jalaban aun más, luego se cansaban y se iban, o algo peor, iban donde mi mamá para decirle que yo no quería bailar con ellas; mi mamá venía sonriendo, muy linda ella, se acercaba más a mi oído y me decía primero de una manera muy cariñosa: “hijo, ¿por qué no bailas con las niñitas?, están bonitas”; yo me encogía de hombros y mi mamá continuaba, esta vez un poquito menos cariñosa: ¡Sal a Bailar, carajo!
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Durante vacaciones de verano solía llegar una amiguita de Lima, Nadia, yo tendría 10 años, ella 9; tanto mi familia como su familia nos molestaban: “uuuuyyyy!!! Nadia y Elberth son enamoraaaadooosss”, era más rochoso cuando nos encontraban jugando; Nadia sonreía con timidez y se alejaba de mí, igual yo; yo llegaba más al extremo, corría a mi casa, a quejarme con mi mamá, llorando: “mamá, la kati me está molestandoooo” , Katia, mi hermana, junto con las primas de Nadia acostumbraban hacer de todo para molestarnos. En verdad a mí me gustaba Nadia, sólo que me jodía el hecho de que nos molestaran, eso hacía que ya no me acercara tanto a ella; una noche, Nadia estaba conversando con mi hermana y sus primas, charla de niñas, le hablaron tan bonito a Nadia que la animaron, convencieron mejor dicho, a confesar; “Nadia, ya pue, dinos si te gusta Elberth, no le vamos a decir a nadie” y Nadia muy inocente y linda como era, cayó: “sí, me gusta Elberth”; para qué dijo eso, al día siguiente todos, en ambas casas incluido los vecinos, sabían de la confesión de Nadia. Se reían y molestaban, esta vez acompañadas de carcajadas tratando de imitar la frase con la ternura que Nadia lo había dicho. Gracias a esa confesión y las burlas de todos; Nadia nunca más quiso encontrase conmigo y yo trataba de evitarla también, y así lo hicimos hasta finalizar las vacaciones. Nadia ya no volvió más.
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Estaba en primer año de secundaria, Maricielo - sí, una de las niñitas de vestidito blanco – estaba en otro salón, en los recreos, mis amigos y yo solíamos jugar, hacer robots en papel y jugar con ellos; recuerdo que nuestro primer robot que pudimos hacer era Lider 1 de los Gobots, - Los Gobots eran unos dibujos animados antecesores a los transformes – hacer a Lider 1 era relativamente fácil porque se transformaba en un mirage; no nos interesaban las niñas, corrección, sí nos interesaban sólo que no teníamos los huevos suficientes para aceptar que nos gustaba tal o cual chica.
Una mañana a Maricielo se le ocurrió darme un beso, en el primer recreo me dijo, ¡Elberth te voy a dar un beso!, sinceramente me asusté, no sabía qué hacer, me pegué como nunca a mis amigos, no quería estar solo por miedo a que cumpla su cometido; mis patas me decían que me escapara; yo les hacía caso; al finalizar el segundo recreo después de evitar por todos los medios a Maricielo y sus amigas, me dirigí triunfalmente hacia el baño, todos estaban en sus salones, no me imaginé que Maricielo y amigas me iban a acorralar en el baño; ¡me asusté, no sabía qué hacer… me jalaron hacia el baño de mujeres!; Maricielo dijo: “ahora no te me vas a escapar”; yo nervioso repliqué - Ya, cierra los ojos y te doy un beso; pero que todas cierren los ojos – apenas cerraron los ojos traté de escapar, no pude. Realmente estaba asustado, mi corazón latía fuertísimo del susto o del nerviosismo, yo creo que fue susto; vi que Maricielo que estaba con su chupetín, lo sacó de la boca, vi sus labios rojos y brillosos por el chupetín; se acercaba más y más, yo estaba paralizado, hasta que sentí sus labios en mis labios, fue un piquito de un segundo, terminó de darme ese “beso” y rió nerviosa y triunfante; yo seguía petrificado, se fueron corriendo; yo seguía petrificado.
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Tenía más o menos 11 años, había una vecinita llamada Gisela, simpaticona, pero cargosa. Gisela entraba a mi casa casi todos los días; no me gustaba que entrara a mi cuarto porque interrumpía la hora de ver mi programa favorito, los thundercats.
Gisela tenía 9 años; paraba tras de mí, me miraba fijamente todo el tiempo que estaba en la casa; casi no me hablaba, sólo me miraba; se paraba frente al televisor para que yo la mirara; yo la empujaba, ella se caía y se levantaba como impulsada por un resorte para volverse a parar de nuevo y seguir mirándome; mi mamá, con su ternura de siempre, me decía. “¡Carajo! ¡Juega con la Giselita, tan bonita la chica!”
No recuerdo exactamente cómo dejamos de vernos, solo sé que nos volvimos a encontrar cuando yo tenía 25 años y esa Gisela cargosa se había convertido en un hembrón; aún tenía sus cabellos ensortijados y esa mirada fija; sólo que esta vez, era yo quien quería entrar a su cuarto y ahora era yo, quien me decía “¡Carajo! Por qué no la invitas a salir, tan bonita la chica!”.
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Una vez mi mamá y mis tías quisieron ir al sauna. Habían inaugurado un sauna a dos cuadras de mi casa; escuché sauna, se me vino a la mente: “¡mujeres desnudas! ¡Yeeee!”, ¡yo quiero ir, yo quiero ir! Pedí entusiasmado - pero hijo, es sólo para mujeres, tu ya estás grandecito – decía mi mamá; tenía 12 años. A tanta insistencia, me llevó; estaba feliz de que iba a ver a un montón de mujeres desnudas y que mis amigos se iban a morir de la envidia; ¡iba a ser el héroe!; mi mamá rogó a la señorita de la puerta para que me dejara entrar, “señorita, no sea malita, estamos aquí de vacaciones, y no tenemos con quién dejar a mi hijo, por favor déjelo entrar, mira que todavía es niño, no tiene malicia”.
Yo estaba en el umbral de la puerta de ingreso hacia el lugar onírico que me imaginaba iba a ser; di el primer paso, ¡estaba adentro!; no veía mucho, había vapor por todos lados, tratando de buscar mujeres disimuladamente vi una silueta acercándose “¡Sí!, ¡sí! ahí viene una mujer desnuda” pensé entusiasmado y definitivamente excitado esperando que se acerque más y más; cuando de pronto se apareció la esperada silueta; ¡era una señora de unos 50 años!, no tenía nada de atractivo, ¡nada!, luego, mientras seguía adentrándome hacia las demás salas, se fueron apareciendo más y más mujeres, ¡todas eran viejas!, algunas con ropa de baño y otras completamente desnudas; no había una sola mujer joven, ¡eran viejas arrugadas y canosas!; no soportaba estar más tiempo en medio de esas siluetas informes (ahora sé por qué no me gustan las viejas), mami, me quiero ir a la casa, hay mucho vapor - mentí - pero hijo, apenas hemos entrado - reclamó mi mamá - Ya pues, la casa está cerquita, me voy solo – convencí a mi madre; me fui completamente decepcionado esperando nunca más ver una vieja calata.
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Estaba estudiando inglés, faltaban pocos días para rendir el último examen oral del módulo básico 3, no había hecho amigos aún en el centro de idiomas, sólo los “holas” de siempre. Era mediados del 2000, habían muchas chicas bonitas, entre ellas una aún escolar, quinto de secundaria, Angélica, notaba que me miraba de un modo extraño, su saludo siempre era, digamos, especial, creí que era porque pensaba: “qué hace este viejo recién en básico 3” , yo tenía 25 años y sí pues, era muy viejo para estar, recién, en inglés básico.
Para el examen final a la profe se le había ocurrido que en grupos de dos se cree un diálogo y debíamos de memorizar ese diálogo en inglés y “actuarlo” en clase. Odio cuando estás estudiando algo y a los profesores se les ocurre hacer grupos para hacer un trabajo o exponer algo: “A ver alumnos, hagan grupos de dos”, es el peor momento cuando no se conoce a nadie, todo el mundo que ya tiene algún conocido comienzan a hacer grupos, y los más rezagados, por decirlo menos, nos quedamos mirando el cuaderno, fingiendo desinterés. ¿Por qué carajos los profes no pueden decir: a ver alumnos, harán grupos de acuerdo al orden de la lista? así nos ahorraríamos ese ritual cojudo de buscar un partner para hacer algún trabajo o rendir algún examen oral; en fin, vi que Angélica aun no tenía grupo, estaba como esperando algo o a alguien; dudé en acercarme para decirle que hagamos grupo – tal vez está esperando a algún pata – pensé; cuando me animé a acercarme ya había hecho grupo con otra chica. Como yo me había quedado sin grupo, entre otras 3 personas, a la profe (¿o debo decir miss?) no le quedó otra que asignarnos un compañero para hacer el diálogo; me tocó una compañera, para mi mal, era de esas que por más que estudiaban, la pronunciación en inglés le salía de lo más risible; cada intervención de ella en clase era un murmullo de risas solapadas, incluso la profe reía cuando se volteaba. Tuvimos que quedarnos después de clase para hacer el bendito diálogo, reunirnos en su casa al siguiente día y finalmente, luego de aprendernos ese diálogo cojudo quedar en ir temprano a clase para practicar y finalmente dar ese examen.
Llegó el día del examen, mi compañera nunca llegó; estaba preocupado - ¿Qué demonios iba a hacer sin mi compañera? – pensaba; finalmente me tocó el turno de salir, le había dicho a la profe que mi compañera no había venido – trae tu diálogo – dijo parcamente; por un momento me ilusioné en que sólo iba a leer el diálogo y de acuerdo a eso me iba a poner la nota final, me equivoqué, ella leyó la parte que le tocaba a mi compañera y yo como cojudo respondía mi parte, actuando solo frente a toda la clase.
Al terminar el último grupo, la profe nos dictó nuestras notas y salimos de clase despidiéndonos; fue cuando, en la puerta del salón, me topé (¿o me esperó?) con Angélica
- Hola Elberth, que mal que no haya venido tu compañera ¿no?
- ¡Hey!, hola, esteee, sí pues, pero caballeros, pasé roche – respondí tímidamente
- ¿Y por qué hiciste grupo con ella, es tu amiga? – me sorprendió con la pregunta
- No, lo que pasa es que la profe nos asignó un compañero a los que no teníamos grupo
- Ahh, eso te pasa por hacer grupo con la chica equivocada pues, yo estaba esperando que me dijeras para hacer grupo…
Aún tengo esas palabras en la mente, jamás me hubiera imaginado que me dijera tal cosa, luego de decirme esas palabras que aún merodean mi mente, me quedé totalmente mudo, creo que pasaron como 4 segundos interminables antes de sentir que se despedía de mi con un beso en la mejilla y se iba corriendo con su uniforme escolar…
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Haciendo memoria, definitivamente, fui un timidón cojonudo que por más que tenía las oportunidades prácticamente servidas, nunca me daba cuenta o si me daba cuenta decía: “No Elberth, te ha parecido, no vayas a pasar roche mandándote”, era como que veía un tren pasando frente a mí, a paso lento invitándome a subir; yo miraba el tren, pensando, ¡bah!, aun faltan muchos vagones para animarme a subir, esperaré a que pase un poco más; y cuando me animaba a subir, el tren ya estaba demasiado lejos como para poder alcanzarlo. Y las respuestas que casi siempre obtuve cuando me “animaba a subir el tren” eran: “Ay Elberth, por qué no me dijiste antes…”