¿Esa flaca está simpática creo? Fue lo primero que me pregunté, al entrar a mi primera obra como residente, a l ver a la secretaria del taller de mantenimiento de la municipalidad. La oficina, su oficina, quedaba en el mismo lugar donde yo estaba iniciando una obra, mi oficina quedaba en un almacén hecho de calaminas y paneles de madera con un improvisado ‘escritorio’ de triplay. Desde la primera vez que la ví me pareció súper atractiva, no sabía cómo se llamaba, no había escuchado su voz, nunca me atreví a hablarle mientras duró esa obra, sólo la miraba cuando ella salía a almorzar, o cuando se iba para su casa. Fueron pasando los meses y ella fue reubicada como secretaria de la jefatura de infraestructura, ahí si me vi obligado a hablarle, si se puede llamar “hablar” a los escasas par de palabras que me salían: “buenas”, “esteee, ¿está el ingeniero?” “…”, “gracias…”, “le dice por favor que…”, y demás intercambios verbales totalmente abstinentes. Hasta que un buen día, no recuerdo exactamente cuándo ni cómo, se rompió el, hasta ese momento, inquebrantable hielo que había entre nosotros, pero, ¡dios! Cómo me estaba comenzando a gustar. Me acuerdo aún del primer mensaje que recibí a mi celular: ‘buen día joven cómo está usted, hoy no vino por la oficina’ al leer el mensaje corrí como desesperado buscando una tienda que vendiera tarjetas para recargar mi celular, y adivinen qué, ¡maldita sea! No había ni una maldita tienda cercana a donde yo estaba que vendiera tarjetas, hasta que por fin, pude encontrar una y le respondí: ‘buen día señorita, cómo le va, no pude ir a la muni hoy, pero mañana sí, y terminé con mi típico: cuídese muchito’ al poco tiempo de ése maravilloso y sorpresivo mensaje me enteré que la flaca se había comprometido, la vi con su anillo de compromiso y fue como un baldazo de cubos de hielo porque baldazo de agua era muy poco para lo que sentía en ese momento, me armé de valor y me acerqué a su oficina fingiendo indiferencia y le pregunté: ¿así que te casas? ¿Por qué? Y puse mi cara de pena, parodiando una pena, por así decirlo, para que se quedara con la duda de que si era cierto o estaba bromeando al poner esa carita de sentida pena, y para continuar con esa “fingida pena” (que era totalmente cierta) me despedí augurándole: ya verás no te casarás, yo voy a impedirlo; sólo atinó a sonreír con cierta tristeza en sus ojos (en serio, noté eso).
Con el tiempo comenzamos a salir, nunca me presentó a su novio, no saben cómo me costaba pronunciar esa palabra cuando salía con ella, y yo siempre le paraba diciendo que no se iba a casar porque yo lo iba a impedir y ella sólo sonreía, siempre sonreía, éramos muy íntimos, yo con mi secreto deseo de quererla, besarla, sentirla y todos los “arlas” posibles; pero estúpido yo, nunca hice nada por insinuármela seriamente, siempre lo hacia en sentido de broma, tal vez con la finalidad de no parecer que me estaba enamorando de ella (que sí lo estaba), tal vez por el temor de ser choteado y perder esa compañía de eventuales escapaditas nocturnas y bohemias, tal vez por el temor , también, de perder esa felicidad a medias, pero a fin de cuentas felicidad que sentía con su compañía.
Me sentía tan feliz de salir con ella y de compartir momentos bacanes que me había olvidado del ‘pequeño detalle’ de su noviazgo; hasta que llegó el día, cuando me entregaron el parte matrimonial, un nudo en la garganta, abrí el sobre, lo leí y dije, nicaraguas que vaya
Llegó el día, unos patas me dijeron oe, ¿unas chelitas?, sólo un parcito, todo tranqui nomás (la eterna mentira del parcito nomás), invitación que acepté con mucho gusto, un poco por olvidar ese día y así tener pretexto de no ir a la boda y quedarme a chupar con los patas, mala decisión y lógica nada más ajena a lo que iba a pasar…
Ya eran las 6 de la tarde y la boda era a las 7 de la noche, y yo estaba sin un puto sol en el bolsillo más que para mis pasajes de la combi, mi pata igual y el otro pata iniciador del “parcito nomás” tenía que ir a su casa porque su esposa lo estaba llamando, era como si el destino hubiera escrito que esa chupa termine en ese momento y quisiera darme tiempo para bañarme, ponerme el terno e ir a la boda. Yo ya había cruzado el umbral del ‘estar picado’
¿Alguna vez alguien sintió esa sensación de querer ir a algún lugar y a la vez no querer ir?, ¿de estar lucido sin estarlo?, ¿de estar alegre con una melancolía que te carcome?; bueno, eso sentía yo en ese momento; estaba huasca, estaba feliz, estaba nervioso, estaba con la duda de ir pero a la vez estaba con todas las ganas del mundo de ir y de que la flaca me vea y sienta esa duda de casarse y yo sentirme ganador y poder decir: manya compare, yo la hice dudar, yo gano, ella pierde.
Fui a la iglesia con un amigo, nos encontramos con otro amigo en común y notó al toque que yo no estaba precisamente en mis cinco sentidos, ni siquiera en uno creo: oe estás huasca hermano, vamos a que tomes algo, compramos una red bull, me lo tomé, la verdad me hizo bien, pero no pensé que el efecto de la bebida milagrosa esa, fuera tan solo una especie de “engaña muchachos”, duró menos de lo que imaginé.
Ya en la iglesia nos pusimos en la última fila de asientos con mis dos amigos, viendo el desenlace del ritual que es el matrimonio religioso hasta que llegó el: ¿hay alguien que se opone a esta unión? Como impulsado por una especie de tic nervioso grité a medias ¡yo! Se escuchó en media iglesia y según, luego me comentó, la flamante esposa también lo escuchó ella; mis amigos voltearon a verme sonriendo medio descomputados, la gente de las filas anteriores a la nuestra voltearon, hubo un momento de silencio en la iglesia, yo también volteé para ver quién había gritado, como para disimular y desviar la atención que mis amigos ponían en mi y así “despistar” a los demás invitados, luego de ese incidente continuó la boda hasta su final
Ya en la recepción luego de ocupar nuestros respectivos asientos, de todos los brindis y las fotos de ley con la novia que por cierto estaba con unos ojos hinchados y unas lágrimas contenidas que, según yo, era por la felicidad que la embargaba en ese momento tan maravilloso para ella, pero bien por dentro sabía que era yo la causa de esas lágrimas, bailé con la novia, ella sonreía tristemente y yo a manera de juego al agarrar sus manos hacia la finta de querer quitarle el anillo recientemente agregado en la delicadeza de sus dedos, y ella sonreía, sólo sonreía; terminó el baile, me acerqué a su mejilla, mientras le daba el beso de agradecimiento y despedida le susurré al oído: hoy estás hermosamente linda marisita
Me fui luego a la mesa, me serví un trago de whisky y ahí terminó mi historia, no recuerdo más nada, sólo recuerdo que mi pata me dijo para irnos, yo reaccioné, estaba durmiendo en la mesa mientras todos estaban recién empezando la fiesta, dicen que comí como cerdo, tomé como cosaco, que hice el peor ridículo de mi vida, bueno, el peor en esos lares, porque después hice otros, en fin.
La nueva esposa estuvo distante y molesta conmigo por un buen tiempo, yo seguía mi vida, más bohemia que de costumbre, luego retomamos esa amistad que teníamos siempre, yo siempre bromeando con que se divorcie, que yo la estaba esperando y ella sonreía, sólo sonreía.
Por cuestiones del destino, que se dio cuenta que estaba mandándome al carajo, conseguí trabajo en otro lugar al cual me fui inmediatamente sin despedirme de nadie, no tengo noticias de ella, sólo recuerdo su eterna y triste sonrisa. Me imagino que está feliz con su hijita que me enteré que ya tenía un año ya… y yo, como para consolarme a mi mismo, siempre digo: yo gané, ella perdió.
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